Víctor Baldo
Escribir sobre mí mismo es algo que siempre me ha costado, mucho más que hablar o responder a las preguntas que me han podido hacer en las entrevistas que he concedido a lo largo de mi dilatada trayectoria profesional, pero si has entrado en este epígrafe de mi web es porque tienes interés en saber algo más sobre mí, sobre mi vida tanto dentro como fuera de las canchas de baloncesto.
El basket es sin duda alguna mi gran pasión, la única responsable de que hoy esté escribiendo estas líneas para intentar transmitirte lo que ha significado, lo que significa y lo que siempre significará para mí este deporte único y mágico que cambió totalmente mi vida.
Te invito a que te imagines conmigo tomando algo en una cafetería y que me acompañes en esta vuelta al pasado, para repasar conmigo una trayectoria llena de momento buenos y no tan buenos, pero que nos ha llevado hasta este preciso instante. ¿Me acompañas?

Mi trayectoria profesional en el baloncesto
Con tan solo seis años de edad comenzó mi idilio con el balón naranja en San Nicolás, uno de los pocos lugares en mi Argentina natal en los que la afición por el baloncesto superaba al fútbol.
Mi padre fue sin duda alguna el principal culpable en esa primera decisión que me llevó a comenzar a entrenar, sin ser consciente en aquel momento de las consecuencias futuras de dicha decisión y a una edad tan tierna que todavía no sabía ni lo que era tener una “ficha de jugador” de la Asociación de Basquetbol de San Nicolás.
En aquella época lo único que me motivaba era la pasión por este deporte que me contagiaba mi padre camino de cada uno de los entrenamientos y que poco a poco me fue enamorando de este deporte.
Lo que comenzó siendo un hobby de fin de semana, poco a poco fue ocupando más y más horas en mi día a día, empezando a entrenar cada vez más días de la semana e incluso con la llegada de las ansiadas vacaciones, aprovechaba para entrenar y jugar cada vez más, llegando a entrenar una media de 3 días por semana, con horarios fijos y con partidos oficiales los fines de semana en los que lucía la equipación oficial de mi equipo.
Con el paso del tiempo y casi sin darme cuenta mis compañeros se convirtieron en mis amigos, compartiendo con ellos no solo los entrenamientos y los partidos, sino también los cumpleaños, las clases en el colegio, hasta el punto en el que cualquier excusa era buena para pasar tiempo juntos y si era con un balón de baloncesto de por medio, ¡todavía mejor!
Hasta ese momento el baloncesto para mí no dejaba de ser un juego más, una excusa para estar con mis amigos, incluso se da la paradoja de que no fue el baloncesto el primer deporte en el que pensé en federarme. Aunque parezca mentira a día de hoy, el tenis fue ese primer deporte en el que estuve a punto de federarme, pero un solo entrenamiento me bastó para descartar esa posibilidad.
Cualquiera de los deportes que se practicaban en el Club SOMISA, desde el fútbol, pasando por el baloncesto, voleibol, natación o rugby eran el pretexto ideal para ponernos de acuerdo varios amigos para ponernos a jugar, desde que el dueño del balón de turno hacía acto de presencia. En aquella época en los clubes de barrio de Argentina se forjaba un carácter ganador, de competencia sana entre todos, en una realidad social totalmente diferente a la actual, en la que los niños podíamos salir a la calle y caminar o desplazarnos en bicicleta para ir sumando compañeros por el camino con los que jugar interminables partidos en los que competíamos al máximo con el premio de la diversión por encima de todas las cosas.
En el club SOMISA se canalizaba todo ese esfuerzo y competitividad sana entre nosotros, especialmente en el minibasquet, donde desde la época de “cebollitas” (benjamines) en 1983 hasta ”mini”, en 1999, fue una época marcada única y exclusivamente por la diversión.
Los viajes, la complicidad con el resto de compañeros, las travesuras, el conocer a gente diferente de los equipos rivales, todo ello me sirvió en aquella primera etapa de mi vida, para saber que quería tener mucho basket en mi vida futura.
Con el cambio de canasta me sentí muy bien, al tiempo que algunos jugadores y equipos rivales se debilitaban sensiblemente, no adaptándose a las nuevas condiciones del juego, lo que en muchos casos estancó su progresión y llevó a muchos jugadores a abandonar por el camino, en una edad complicada y marcada por el alto nivel de deserción en el deporte en general y en el baloncesto en particular.
En mi caso, fui capaz de adaptarme a la nueva situación, intentaba dar cada vez más de mí en cada entrenamiento y en cada partido, siendo consciente de que necesitaba sacrificarme y esforzarme para seguir creciendo como jugador, aunque a mis 13 años todavía no tenía el objetivo o la meta, más allá de una mera ilusión infantil, de poder jugar en un futuro en Europa o en la NBA.
Debo reconocer sin embargo que siempre el ganar ha sido una obsesión para mí, en todos los ámbitos de la vida, dándome igual si se trata de un partido federado, una competencia sana entre amigos o un simple juego de cartas.
Ese gen competitivo que forma parte de mí fue el que me ayudó a competir en categorías superiores a las que me correspondía, además de querer cada vez entrenar más y más para mejorar como jugador.
En esa época ingresé en la Escuela Nacional de Enseñanza Técnica PF, motivado por mi interés en estudiar Técnico Electrónico con un alto nivel de estudio, si bien ello me suponía tener que afrontar una doble escolaridad, de 8 de la mañana a 16:00 de la tarde.
Sin embargo contaba con la ventaja de tener tanto el colegio como el club a una sola calle de distancia de mi casa, de manera que a las 16:30 ya me encontraba en el club, donde me pasaba la tarde entrenando con los equipos de todas las categorías, hasta llegar a los entrenamientos del Sub-22 y de la Primera División Local. Era el primero en llegar y el último en marcharme, llegando incluso a pasar la fregona yo mismo para comenzar antes el entrenamiento.
La única condición que me ponían mis padres para seguir con ese ritmo tan alto de entrenamientos era que las calificaciones del colegio siguiesen siendo buenas, algo que conseguí gracias a mucho sacrificio y esfuerzo por mi parte.
Nunca olvidaré la sensación que sentí la primera vez que me proclamé campeón de PreCadete, con un equipo formado por los amigos del barrio que tenía desde los 6 años, al tiempo que supuso un fin de ciclo al terminar esa temporada, con 15 años, ya que me di cuenta que si no quería estancarme debía de proseguir mi camino en otro club.
Finalmente, entre las distintas opciones que se barajaron opté por quedarme una temporada más en SOMISA y al finalizar la misma ir cedido al Club Regatas durante 3 temporadas, lo que me permitía continuar en el mismo colegio, ya que ambos clubes eran de la misma ciudad, teniendo la oportunidad de competir en la Liga Nacional de Basquetbol, quedando libre al término de ese contrato de cesión.
Con 16 años daba otro gran paso en mi camino, sumándome al equipo de LNB (Liga Nacional de Basquetbol), si bien durante mi primera temporada en el equipo no tuve ficha y me limitaba a entrenar con el resto de compañeros.
Recuerdo como si fuera hoy mi primer día. Llegué a la cancha del gimnasio principal cuando todavía no había nadie más y aproveché para matar los nervios con varias series de lanzamientos.
El equipo salía de partida con el objetivo de clasificarse para jugar la A1 y el play-off por el título, lo que conseguimos en las cuatro temporadas en las que permanecí en el equipo, siendo prácticamente invencibles en nuestra cancha, apoyados en nuestra afición, que sin duda alguna era una de las más calientes de la categoría.
Disfruté de minutos desde el primer momento, si bien mi rol durante las primeras tres temporadas fue algo encorsetado en un equipo que planteaba los partidos a marcadores bajos y a pocas posesiones, en parte por las limitaciones de la plantilla, si bien no terminaba de tener una mayor responsabilidad en el equipo.
Sin embargo todo cambiaría en la cuarta temporada, en la que adquirí un rol más protagonista, lo que me permitió disfrutar de más minutos en cancha, logrando en un encuentro 31 puntos, que a día de hoy es mi record de mayor anotación en toda mi carrera.
Sergio Hernández, el entrenador en aquella cuarta temporada en Regatas fue decisivo en mi mejora como jugador, con sus indicaciones y consejos consiguió dar un gran empuje en mi carrera profesional, respondiendo a su confianza con mi mejor versión, surgiendo entre ambos una complicidad, una entrega, un compromiso y un trabajo que se tradujo en éxitos para nuestro equipo.
El salto de calidad que pude dar en Regatas ese año me sirvió para ser convocado con 19 años con la Selección Argentina Sub-22, lo que me permitió cumplir el sueño de poder entrenar todos los días durante dos meses con la Generación Dorada que tiempo después lograría elevar al basket argentino a lo más alto a nivel mundial.
Ese mismo año tuve la oportunidad de participar en el “Juego de las Estrellas” en Mar del Plata, en un torneo triangular con jugadores nacidos entre 1976 y 1979, repartidos en tres equipos en el que llamaron “Juego de las Promesas”.
A pesar del acuerdo alcanzado con Regatas para priorizar los estudios por encima del baloncesto, lo cierto es que en la práctica era yo el que terminaba invirtiendo ese orden de prioridades, si bien estoy eternamente agradecido tanto al colegio como al club por haberme brindado siempre su apoyo incondicional para poder compaginar mis estudios con el deporte.
La situación se complicó con los estudios universitarios, ya que al inscribirme en la Universidad de Tecnología Nacional para cursar la carrera de Ingeniería Electrónica, me topé de bruces con el problema de la reglamentación relativa a la necesidad de asistir presencialmente a las clases, lo que en muchos casos era incompatible con los horarios de los entrenamientos, entrando cada 2 meses en una batalla dialéctica interminable con mis profesores que no aceptaban mis prolongadas ausencias de sus clases para poder ir a entrenar.
Esa etapa me supuso un gran desgaste mental que terminó derivando en una decisión complicada para mí, como fue la de tener que abandonar mis estudios universitarios.
En el ámbito deportivo, tuve la oportunidad de participar en categoría de Juveniles el primer y el segundo año, logrando el título a nivel local, lo que nos permitió participar en el campeonato provincial, pero a pesar de ostentar un rol importante en el equipo de LNB, no pude competir en los campeonatos nacionales argentinos.
En cuanto a los seleccionados de San Nicolás en categoría Sub-22 y en Primera, también logramos ser campeones provinciales.
La llegada de Sergio Hernández al Club Estudiantes de Olavarría me dio la oportunidad de cambiar de ciudad y asumir un nuevo reto en mi carrera profesional, llegando a un club que venía de defender su plaza en LNB del descenso al TNA, lo que hoy en día equivaldría a la Liga Argentina de Segunda División.
El proyecto era ilusionante, ya que se comenzó a confeccionar un equipo para mayores aspiraciones que la mera permanencia y comencé una nueva etapa en el “bata”, en la que en el primer año se mezclaron grandes triunfos con derrotas duras, situándonos en la zona media de la tabla, cumpliendo con el objetivo marcado de poder pelear por los playoffs.
En lo personal gocé de un rol más protagonista incluso del inicialmente previsto, debido a la desafortunada lesión del pívot titular. La segunda temporada el equipo se reforzó y fruto de ello llegaron los títulos, conquistando la LNB en la temporada 1999 – 2000, lo que nos permitió competir a nivel internacional en la tercera temporada, logrando la Copa de Campeones, la Liga Sudamericana, el Panamericano de Clubes y por segundo año consecutivo ser campeones de la LNB temporada 2000-01.
Fruto de los éxitos deportivos vividos en el club pude participar en el “Juego de las Estrellas” organizado por la Asociación de Jugadores que se realizó en San Luis. Estuve entre los cuatro más votados gracias al protagonismo que tenía en el equipo campeón siendo nombrado “Mejor Sexto Hombre” de la temporada en la gala de entrega de premios organizada por la LNB.
La Selección Argentina me volvió a convocar consiguiendo el objetivo de ser campeones del Sudamericano en Valdivia (Chile), lo que me abrió definitivamente las puertas de la Selección Absoluta.
Jugar en Europa siempre había sido uno de mis grandes sueños desde que empecé a dar mis primeros pasos en el baloncesto y sentí tras mi tercera temporada en Estudiantes de Olavarría que había llegado la hora de dar el salto y cruzar el charco.
Le trasmití mis deseos a mis representantes y a mi entrenador, Sergio Hernández, que me apoyó en todo momento en mi decisión, lo que terminó de convencerme de que el momento de probar fortuna en Europa por fin había llegado en mi carrera profesional. En ese proceso de buscar un destino que colmase mis aspiraciones deportivas llegó una oferta de la mano del por entonces director técnico del Lucentum Alicante, Julio Lamas, quien me contagió de su ilusión por un proyecto ambicioso que pretendía devolver al equipo a la ACB, convirtiéndose en mi puerta de entrada al basket español y europeo.
De esta manera llegué a España para competir en LEB, de la mano de un entrenador como Julio Lamas que fue capaz de sacar de mí todo lo mejor, si bien el camino hacia el ascenso no era nada sencillo.
El equipo fue de menos a más y completada la primera vuelta logramos clasificarnos para la disputa de la Copa Príncipe, trofeo que logramos ganar, lo que nos dio un gran impulso de cara a la segunda vuelta y al objetivo del ascenso.
El juego del equipo era bueno y efectivo, consiguiendo el ascenso de categoría tras quedar campeones de LEB, pudiendo disfrutar de la sensación incomparable de poder dar una alegría inmensa a nuestra afición y a la ciudad de Alicante a la que representábamos y que iba a tener el inmenso prestigio de competir en la ACB con los mejores equipos del país.
Las exigencias de la liga doméstica más potente de Europa exigieron al equipo el reforzarse y el equipo respondió a la perfección en la cancha, quedando a una sola victoria de clasificarnos para la disputa de la Copa del Rey.
Una última jugada en el último partido ante el Barça en esa primera vuelta quedó para siempre marcado en mi retina al conseguir capturar un rebote en los últimos segundos, pero un manotazo no señalado en mi rostro hizo que en cierta manera se me apagase la luz, no pudiendo asistir a Oriol Junyent que se encontraba totalmente solo en la línea de 3 para anotar el triple que hubiese supuesto la victoria y la clasificación para la Copa del Rey.
A pesar de todo el equipo mantuvo su buen tono el resto de la temporada, consiguiendo clasificarnos para la disputa del play-off por el título, donde nos encontramos en primera ronda nuevamente con el Barcelona, que no nos dio ninguna opción para la sorpresa, cayendo con honor en nuestra temporada de regreso a la élite.
Mi llegada al CB Gran Canaria se prolongó durante 5 exitosas campañas en las que logramos clasificar al equipo en todas ellas para la disputa tanto de la Copa del Rey como los play-offs por el título.
En 2003 aterricé en la isla acompañado de mi mujer, tras valorar las distintas opciones de futuro que tenía encima de la mesa, junto a mis representantes.
En este sentido la figura de Pedro Martínez fue fundamental para decantarme por la opción del Gran Canaria, un entrenador que estaba convencido de que sería capaz de sacar mi máximo nivel, en un proyecto marcado por su idea de crecer a través de la cohesión del grupo y el sacrificio de cada jugador para pelear juntos para lograr un objetivo común.
En mi tercera temporada en la isla tomó el relevo del banquillo Salva Maldonado, quien poco a poco aprovechando el trabajo de base de Pedro Martínez, fue añadiendo su visión al grupo y consiguió alcanzar la 5ª posición en la tabla, la mejor de mi etapa en el Gran Canaria.

